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Dios, eres mi agua

hace 11 minutos
2 min de lectura

1 de Octubre


Hay momentos en los que sentimos que por dentro nos estamos quedando sin fuerzas. Seguimos caminando, trabajando, sirviendo, sonriendo y cumpliendo con nuestras responsabilidades, pero algo dentro de nosotros comienza a secarse.


Es en esos momentos cuando entendemos que no todo lo que necesitamos puede encontrarse afuera. Podemos tener personas a nuestro alrededor, proyectos, dinero, reconocimiento, entretenimiento y muchas cosas que nos hagan sentir bien por un momento, pero ninguna de ellas puede ocupar el lugar que solamente Dios puede llenar. Jesús dijo en Juan 4:14: El que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed jamás.


Qué poderosa es esa imagen. Jesús no dijo que nunca volveríamos a atravesar días difíciles. Dijo que en Él encontraríamos una fuente que no depende de nuestras circunstancias. Porque existe una sed que no se quita con vacaciones, con una nueva relación, con más dinero o con conseguir aquello que tanto deseamos.


Es una sed del alma. Muchas veces intentamos calmar esa sed con cosas que solamente producen alivio temporal. Pensamos: cuando consiga esto voy a estar bien. Cuando llegue aquella oportunidad voy a sentir paz. Cuando esa persona cambie voy a estar tranquilo. Cuando tenga más dinero, cuando resuelva este problema, cuando todo salga como quiero... Pero incluso cuando llega aquello que tanto esperábamos, descubrimos que todavía tenemos sed.


Tal vez porque estábamos buscando en una fuente equivocada. Dios, tú eres mi agua. Eres quien refresca mi corazón cuando estoy cansado. Eres quien restaura mis fuerzas cuando siento que no puedo más. Eres quien llena los espacios que ninguna otra cosa puede llenar. Isaías 55:1 dice: ¡Vengan a las aguas todos los que tengan sed! Dios no nos pide que escondamos nuestra sed. Nos invita a acercarnos a la fuente.


Puedes llegar delante de Él hoy exactamente como estás. Con cansancio, con preguntas, con miedo, con heridas, con sueños y con cosas que todavía no has podido resolver. No necesitas tener todo bajo control para acercarte a Dios. No necesitas aparentar que estás bien. Puedes simplemente decirle: Señor, tengo sed de ti.


Quizás hoy no necesitas otra respuesta. Quizás necesitas volver a beber de Dios. Porque cuando Dios se convierte en nuestra fuente, dejamos de exigirle a las cosas creadas que hagan lo que solamente el Creador puede hacer.


Señor, eres mi agua. Y cuando vuelva a sentir sed, recuérdame dónde está la fuente. Cuando el mundo me ofrezca soluciones rápidas, ayúdame a recordar que mi alma necesita algo más profundo. Que nunca me acostumbre a vivir lejos de tu presencia.


Hoy vuelvo a ti. No porque tenga todo resuelto, sino porque sé que lejos de ti me seco. Tú eres mi fuente, mi descanso, mi sustento y el agua que mi alma necesita.

Señor, eres mi agua. Amén.

 
 
 

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